MADRID.-Presionados por la necesidad de hacer coches con menores emisiones, han sido capaces de dar soluciones técnicas al problema, desarrollando lo que se podría denominar como el automóvil del futuro.
Los fabricantes de automóviles están encallados. Pero no lo pueden lanzar al mercado porque no existen todavía las infraestructuras que lo permitan; por un lado, por la falta de interés de las compañías petrolíferas, y por otro, por la falta de voluntad de los Gobiernos a imponer un cambio de combustible.
Para reducir la dependencia del petróleo, los fabricantes dieron un paso en dirección a los biocombustibles. Estimaron que no sólo iban a ayudar a reducir la factura del petróleo en el transporte, sino que podían beneficiar al sector agrícola.
Pero fallaron en su apreciación, parece claro que tienen una cierta responsabilidad en la subida del precio de los alimentos. Por tanto, ha habido un parón en la oferta de coches con esta tecnología. Por lo menos hasta que no estén disponibles los biocarburantes de segunda generación, obtenidos a partir de desperdicios orgánicos.
Han sido los fabricantes de automóviles los que han capitaneado este desarrollo, pero han necesitado asociarse a las empresas petrolíferas, por su experiencia petroquímica para producirlo, y por su logística . Pero si estuvieron encantadas de salir en la foto de la firma de los acuerdos, no parecen querer potenciar su consumo.
De todas formas, los biocombustibles no son más que un paso intermedio en la reducción de la dependencia del petróleo. La verdadera revolución llegará de la mano del hidrógeno, tal y como preconiza Jeremy Rifkin, uno de los expertos que asesora al PSOE.
Con el hidrógeno pueden funcionar coches equipados con motores convencionales de pistones pero sobre todo, los equipados por las llamadas pilas de combustible, que generan energía eléctrica haciendo reaccionar el hidrógeno con el oxígeno del aire para crear agua.
En su intento de poner en pie una infraestructura de suministro de hidrógeno adecuada, los fabricantes han vuelto a toparse con las compañías petrolíferas que controlan más del 80% de la actual producción de hidrógeno con el que podrían circular unos 200 millones de vehículos.
De nuevo se han firmado acuerdos y pese a su escaso entusiamo, las petroleras han propuesto como la mejor solución el producir el hidrógeno en unas minifactorías en las mismas estaciones de servicio.
Pero a falta de que los Gobiernos se impliquen en el cambio de los combustible fósiles, las petroleras no parecen demasiado presurosas por dar el salto al hidrógeno. Por eso adquiere una gran importancia el que Honda esté trabajando en poner a punto un un dispositivo capaz de producir hidrógeno en las casas.
Nueva fuente de energía
Es evidente que decisiones políticas en favor de nuevos carburantes obligaría a las compañías petrolíferas a mostar más interés por desarrollar los proyectos en los que participan, ya sea para obtener hidrógeno como para hacer llegar esa segunda generación de biocombustibles.
Pero posiblemente, esa decisión política que los Gobiernos deben tomar pasa porque antes decidan cómo asegurar la energía que la sociedad actual demanda.
Se obtenga el hidrógeno en grandes plantas, en pequeñas o a escala doméstica, va a necesitar una aportación de energía importante.
Lo mismo que en los procesos de sintetización de los nuevos biocombustibles o para recargar las baterías de los coches eléctricos que han cobrado vigencia ante la inminente llegada de las baterías ion-litio, con mayor capacidad y menor peso y tamaño.
Para todo eso, desde la industria del automóvil se estima imprescindible la apuesta por la energía nuclear, con la que, además, podría bajar la factura energética.